La educación superior aún es clave para la movilidad social, pero menos que antes

En 2013, el economista francés Thomas Piketty publicó El capital en el siglo XXI, donde describe la distribución del ingreso y la riqueza en Europa y Estados Unidos a partir del siglo XVIII. También analiza la manera en que su evolución se ha visto afectada por el crecimiento económico y la tasa de retorno de los activos. Una implicación directa del trabajo de Piketty involucra el acceso a la educación superior, que frecuentemente se considera una herramienta de movilidad social. En una sociedad con alta concentración de la riqueza, sería difícil pensar que la población más pobre tiene acceso a educación superior de calidad que le permita ganar mayores ingresos.

Recientemente se publicó un estudio descriptivo sobre el papel de la educación superior en la movilidad social de Estados Unidos. Entre sus autores se encuentra Emmanuel Sáez, coautor de Piketty en diversos artículos. La principal novedad de esta investigación consiste en los datos utilizados, dado a que nadie a la fecha había asociado bases de datos sobre acceso a la universidad con treinta millones de declaraciones de impuestos de hogares y estudiantes años después de graduarse. Las conclusiones de la investigación pueden resumirse en cuatro grupos de resultados.

En primer lugar, los autores encuentran que el acceso a la educación superior varía considerablemente con el ingreso. En las universidades con mayor prestigio de Estados Unidos, 14.5% de los estudiantes proviene del 1% de las familias con mayor ingreso, mientras que 13.5% proviene de la mitad más pobre de las familias. El estudio, aunque no establece una relación causal entre ingreso y educación, sugiere que el ingreso familiar tiene un peso considerable en la capacidad de acceder a las universidades más prestigiosas de Estados Unidos (definidas por los autores como el grupo Ivy-Plus: las ocho universidades Ivy League más Duke, MIT, Stanford y la Universidad de Chicago).

En segundo lugar, independientemente del nivel de ingreso reportado por los hogares, los estudiantes que asisten a la misma universidad tienden a reportar ingresos similares durante sus carreras profesionales. Estos resultados sugieren que las universidades sí reducen la brecha salarial entre estudiantes con características socioeconómicas distintas.

En tercer lugar, los autores calculan una métrica de movilidad social para cada universidad. Definen la tasa de movilidad como el producto de la tasa de alumnos que provienen del 20% más pobre de la población y la tasa de esos mismos alumnos que terminan en el 20% más rico. En las universidades Ivy-Plus, 60% de los estudiantes del 20% más pobre alcanza el 20% más rico, pero solo 4% de los alumnos en estas instituciones viene del 20% más pobre. En contraste, algunas universidades de menor prestigio aceptan a muchos más estudiantes del 20% más pobre que asimismo consiguen posicionarse en el 20% más rico.

En cuarto lugar, se analiza cómo ha cambiado el acceso a la educación superior y la tasa de movilidad desde el año 2000. Los resultados muestran que la proporción de los estudiantes del 20% más pobre inscritos en universidades de renombre no ha cambiado significativamente desde entonces. Al mismo tiempo, en las universidades con menor prestigio, pero con las tasas de movilidad más altas, se redujo de manera significativa la fracción de estudiantes que provienen del 20% más pobre. Como resultado de estos dos fenómenos, ha disminuido la probabilidad de que un estudiante promedio de bajos recursos se coloque en el 20% de mayor ingreso, en comparación con el año 2000.

Por último, esta investigación aporta sugerencias de política pública para incrementar la movilidad social. El gobierno podría enfocar el otorgamiento de becas en aquellas universidades con mayores tasas de movilidad social, en lugar de las más prestigiosas. Efectivamente, esto resultaría más barato: la mediana de gasto por alumno en el 10% de las universidades con las tasas de movilidad más altas es de $6,500 dólares al año, mientras que en las universidades más prestigiosas es de $87,500. Si se promueve el acceso de los más pobres a universidades con mayores tasas de movilidad social, se contribuye a una mejor distribución del ingreso en el futuro.

La gran cantidad de información presentada en este trabajo contribuye a un diagnóstico más robusto de los retos del sistema educativo y la distribución del ingreso en Estados Unidos. Para el resto del mundo, muestra una metodología que no es técnicamente compleja para diagnosticar esta dimensión de la desigualdad social.

Article source: Chetty, Raj, John Friedman, Emmanuel Saez, Nicholas Turner, and Danny Yagan. “Mobility Report Cards: The Role of Colleges in Intergenerational Mobility.” 2017.

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Jorge Quintero

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